Fábulas

Escrito por ciberpasquinero 28-08-2008 en General. Comentarios (0)
Entre herramientas
Fuente: Catholic.net
Autor: Arturo Guerra

Medidas para los demás y para uno mismo
Sinos enteramos de que el futbolista famoso de turno se comió el domingopasado un trozo de una deliciosa tarta de chocolate, juzgaremos,primero, el tamaño escandaloso –a nuestro entender– del trozo; ysegundo, su impenitente glotonería que le está llevando a la ruinairremediable de su condición física.
Sia un presidente se le ocurre comprar para la residencia presidencialunos shampoos con esencia de naranja y de sandía, juzgaremos su lujosapolítica presupuestaria.
Y si el vecino del piso de arriba viene y nos pide azúcar, juzgaremos su descarada falta de previsión.

Sí. A la hora de medir, los seres humanos somos duros.
Quienmás quien menos, lo juzgamos todo a todos: al compañero de trabajo sise tomó dos cafés en vez de uno, al jefe si mandó pintar el muro deotro color, a la mamá si se le ocurre escogernos como blanco de algunade sus habituales órdenes…
Juzgamos el más mínimo gesto de los demás.
Nosmontamos largas películas sobre las oscuras y perversas intenciones queaquella sospechosa persona tuvo cuando hizo aquello, o cuando movióaquello, o cuando dijo aquello.
O sea, que juzgamos más lo que menos se ve.

Uno de diez reconoce errores. En una ocasión, yendo con un compañero de trabajo, recorríamos muy de mañana una carretera todavía muy solitaria.
Paramos en una gasolinera, y, tras repostar, el coche no quiso seguir.
Loque había pasado, tristemente, fue que a esas bajas horas de lamadrugada, confundimos la manguera de la gasolina con la de diesel.
Así que tuvimos que llamar los servicios de una grúa.
Yaa bordo, una vez que le confesamos al conductor la causa de nuestropercance, nos comentó que cada día atendía uno de estos casos comomínimo, y en días punta hasta dos o tres.
Esto nos consoló un poco.
Elbuen hombre, en su ya larga experiencia atendiendo gente que seequivoca de combustible, nos dijo que la inmensa mayoría no reconoce elerror; que, en promedio, de cada diez, sólo uno lo reconoce.
¡Hombre!,nosotros dos, ciertamente, en un primer momento dudamos en reconocerlopero la evidencia pronto nos convenció a cada uno de nuestra respectivamitad de culpa en tan desgraciado error.

Las buenas cualidades. Elbuen señor nos llegó a comentar el caso de una persona que no sólo noreconocía su error, sino que desde la misma grúa se puso a llamar a suabogado con intenciones de demandar ante la Justicia a los dueños deesa gasolinera por no tener una señalización lo suficientementeconvincente como para evitar el suceso.

Así somos.
A la hora de medir a otros somos duros.Cuenta una fábula anónima que en una ocasión en el taller de uncarpintero las herramientas no se aguantaban las unas a las otras.
Así que un buen día se pusieron a discutir formalmente el martillo, el tornillo, la lija y la cinta métrica.
El tornillo comenzó diciendo que el martillo se la pasaba golpeando a los demás.
La lija dijo que para lograr que el tornillo sirviera para algo primero había que darle muchas vueltas.
La cinta métrica afirmó que la lija lo único que hacía era provocar fricciones día tras día.
Y el martillo se quejó de que la cinta métrica se la pasaba midiendo a los demás como si fuera la única perfecta del taller.
Las herramientas estaban todavía discutiendo acaloradamente, cuando de pronto entró el carpintero en su taller.
Sinmás, se puso a trabajar afanosamente y al cabo de cuarenta y cincominutos terminó una preciosa silla. Y, sin decir nada, se marchó.

Entonces el tornillo tomó la palabra y dijo a sus compañeras herramientas:
“Lovéis, lo que este hombre ha hecho con nosotros, es fijarse en las cosasbuenas de cada quien, y gracias a eso ha sido capaz de hacer algohermoso a través de nosotros”.